por Gerardo Naumann
Creo que no hay nada en el mundo que no sea al mismo tiempo escenografía. Por eso nos puede deslumbrar el interior de una máquina expendedora de café o el interior de una radio o el de una computadora. Es como mirar atrás de la escenografía. Hay un espacio nuevo ahí para el ojo. Un espacio lleno de acciones posibles.
Todas las personas realizan actos teatrales, pero a veces son más y otras veces menos conscientes. Hay quizás dos tipos de obras de teatro: las más desarrolladas y las obras mínimas.
Cuando una persona está borracha pero actúa como si no lo estuviera se produce una obra mínima. El actor, el borracho, está tan “metido” en su papel que piensa que nadie se está dando cuenta de su borrachera. El actor se abandona a su papel. Si duda la escena desaparece y todo se vuelve real. El abandono genera escena.
Del teatro de revista me gustan las escaleras. Simbolizan la idea de que la vedette es “una estrella que baja del cielo”. Pero no baja de cualquier manera, se le pide haber “estudiado bajar las escaleras”. Se le pide que no mire los escalones al bajar. Lo artificial (una escalera que no conduce a ningún lugar) se encuentra con lo real (la acción de bajar las escaleras sin mirar dónde se pisa que es siempre un poco peligrosa). Lo que miramos ahí es también la posibilidad de que la vedette no pise bien y se caiga. Me fascina el encuentro de lo artificial con lo real, porque me parece que es la condición del teatro.
Los actos escolares me gustan mucho. Me gusta cuando la maestra está al costado o al frente del escenario, pero de espaldas al público, y les va mostrando a los chicos que están sobre el escenario, el paso que tienen que hacer durante la coreografía. La maestra preactúa lo que los chicos actúan. La maestra trabaja, los chicos actúan. La maestra queda incluida en la escena de manera extraña y confusa.
Creo que este tipo de formas de teatro popular son las que se reconocen en mis obras. Me gusta trabajar con lo que viene de afuera (objetos, discursos, textos, situaciones, formas de hacer, de decir, de representar, etc) y termina inesperadamente puesto en escena. Me parece que todas las personas tienen inevitablemente un contacto con lo real antes que con el teatro. Por eso me gusta usar cosas que ya existen, cosas que todo el mundo conoce o consume o tiene a mano.
En Emily usé esos manuales de enseñanza de idiomas. Quería trabajar con esos textos que representan al mundo. Quería ver qué pasaba si se los volvía a representar. Quería encontrarles usos nuevos a esos textos, a ese universo “libro de enseñanza de idiomas”. Quería ver si era posible consumirlo de otra manera, volver inútil la función a la que estaba destinado.
En algún momento encontré un negocio de venta de muebles de baño y cocina en Lanús. Al viajar para allá me doy cuenta que los textos entran en otra zona, se llenan de ángulos insospechados. Así deja de existir el peligro de la ironía sobre esos materiales. Al mirarlos desde lejos los textos se renuevan. Todo es un poco irreal y muy real al mismo tiempo. A veces me pregunto si de verdad un actor sigue creciendo mientras actúa.